
Solía despertarme la lengua fría y pegajosa de un perro blanco acariciando mis pies descalzos. Estaba tumbado en la arena y el sol abrasaba la brisa marina y la convertía en polvo de vapor. Hacía mas de cinco horas que yacía inconsciente y me intentaba camuflar entre la arena volcánica, negra, ardiente.
Empecé a andar sin ruta clara, siempre en la dirección contraria a las olas del mar, que a veces crecían e intentaban tragar todo a su alcance. Solo habían perros, escuálidos, enfermos, acercándose peligrosamente, pero con la cabeza casi rozando el suelo, en ese gesto tímido que a veces suelen tener los mas temerosos.
Me interné en la vegetación en búsqueda de alguna sombra y para intentar calmar la sequedad de garganta. Contemple desconcertado como la jauría se quedaba observando al margen de la masa verde. Ahora adoptaban un gesto de malicia y uno a uno echaban marcha atrás, dandome la despedida con la larga y punzante cola.
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