
La araña me miraba con sus ocho ojos. ‘¡ Despierta cabrón !’ … me hablaba acomodando las patas y relamiéndose las piezas bucales.
Me sacudí la hojarasca húmeda de la mejilla derecha. ¡ Su puta madre !, sigo aquí. Respiré agitado y lancé un rugido, un grito … ¡ hay que ladrar ! Me tiré del pelo, me rasqué el tobillo con las uñas del pie izquierdo. Un puñetazo a la base del árbol más cercano.
‘Pobre miserable’ pensó la araña. Vino a mi sin darme cuenta, se posó en los nudillos sangrantes, se tiño las patas de rojo y abrazó uno de mis dedos. Ví sus huellas un minuto después. Ocho patas y era Agosto ¿ por qué seguía allí ?
[...] Perros blancos - V [...]